Un paralelo que quizás no exista: entre dos remontadas

—¡Olé, Manín!

Le quiero contar una historia de fútbol, pero quizás para usted no tenga ninguna relación lo que sucedió en Estambul con lo que sucedió en Medellín. Y puede que, si uno mira solamente los equipos, los años o los nombres de los jugadores, de pronto tenga razón. Pero déjeme contarle las dos noches, porque cuando una historia se parece a otra no siempre es porque haya ocurrido lo mismo, sino porque el fútbol, a veces, encuentra la manera de repetir una sensación.

Usted nació en 2006 y yo el 25 de febrero de 2005. A usted le gusta el fútbol, pero no lo mata tanto como a mí, ni se ha puesto a aprenderse todas esas historias, nombres y finales que uno termina guardando en la cabeza. Por eso quiero llevarlo a una noche que usted no pudo ver y que yo tampoco pude vivir realmente, pero que terminé conociendo como si hubiera estado allí.

Por esos días, mientras nuestras vidas apenas comenzaban, en Estambul se jugaba una final que, con el tiempo, se volvería mito. No solamente para quienes la vieron, sino también para todos los que después la escuchamos. De esas historias que se cuentan junto al Maracanazo, el Milagro de Berna o la Brasil de 1970, entre tantas otras historias del fútbol. Partidos que dejan de ser partidos y se convierten en nombres que el fútbol recuerda para siempre.

Y mientras más escuchaba hablar de ella, más grande parecía hacerse Estambul.

—Bueno, cuénteme, ¿qué pasó ese día, pues? —preguntó Manín.

Aquella noche sobre el césped del Estadio Olímpico Atatürk, en Estambul. Era el 25 de mayo de 2005 y Liverpool y Milan se enfrentaban por la final de la Champions League. Carlo Ancelotti dirigía al Milan y Rafa Benítez estaba al frente del Liverpool. Del lado italiano estaban Dida, Cafú, Alessandro Nesta, Jaap Stam, Paolo Maldini, Gennaro Gattuso, Andrea Pirlo, Clarence Seedorf, Kaká, Hernán Crespo y Andriy Shevchenko. En Liverpool estaban Jerzy Dudek, Jamie Carragher, Sami Hyypiä, John Arne Riise, Luis García, Xabi Alonso, Steven Gerrard, Harry Kewell y Milan Baroš.

Minuto 1. La caprichosa apenas comenzaba a rodar cuando Paolo Maldini marcó antes de que muchos terminaran de acomodarse. Después apareció Hernán Crespo dos veces. El Milan de Ancelotti empezó a tocar la pelota con Pirlo, Seedorf y Kaká, y arriba Shevchenko esperaba. Liverpool intentaba responder con Gerrard y Xabi Alonso, pero el primer tiempo se fue haciendo cada vez más largo para los hombres de Rafa Benítez. Crespo volvió a marcar y el marcador se quedó en 3-0.Tres goles. Tres goles en una final de Champions.

A esas alturas, Manín, hasta usted se había emocionado con ese primer tiempo que ni usted ni yo habíamos visto en vivo. Porque no hacía falta saber demasiado de fútbol para entender lo que significaba aquello.

¿Y qué pasó después? Porque con ese 3-0 eso ya parece fregado para el Liverpool. Yo ya quiero saber cómo terminó eso —dijo Manín.

Pero el equipo de Rafa Benítez salió al campo después del descanso como si aquellos quince minutos hubieran sido suficientes para cambiarle el pulso a la historia. Como si dentro de ese vestuario alguien hubiera pegado una buena puteada y los hubiera despertado de golpe, porque quedarse dormidos con un 3-0 en una final era como quedarse dormido viendo una película de Adam Sandler. Salieron a la cancha a intentar darle vuelta al resultado, aunque enfrente tenían un Milan que parecía tenerlo todo bajo control y a falta de 45 minutos ya para bordar su septima Champions en su historia. Entonces unos minutos después al minuto 54 apareció Gerrard, el capitán, y con su cabezazo puso el primero, como quien enciende una luz en un cuarto que parecía apagado. Después llegó Vladimir Šmicer y soltó el segundo, y de repente el Liverpool ya estaba respirando otra vez. Luego Xabi Alonso tuvo la oportunidad desde el punto penal. Falló el disparo, pero no la segunda oportunidad: siguió la jugada, tomó el rebote y marcó. Tres goles, quince minutos y una final que se emparejaba a pesar de que se veía imposible. 3-3.

El Milan de Maldini, Nesta, Cafú, Pirlo, Seedorf, Kaká, Crespo y Shevchenko había pasado de tener la copa en las manos a verla escapar. Liverpool, que parecía muerto, estaba de pie. Como un condenado que se niega a morir, había encontrado una última respiración. Después vinieron la prórroga y los penaltis. Jerzy Dudek se convirtió en la última puerta. Serginho falló. Pirlo no pudo vencer al arquero polaco. Liverpool avanzó hasta que Andriy Shevchenko caminó hacia el punto penal. Dudek esperó. Shevchenko disparó. Dudek atajó. Y asi el equipo inglés Liverpool se convertía en campeón de Europa por sexta vez.

No, espere… ¿cómo así que después de ir perdiendo 3-0 terminaron ganando? —dijo Manín—. Entonces ahora sí entiendo por qué todo el mundo habla de ese partido, fue fantástico.

Yo crecí con esa historia dándome vueltas en la cabeza porque mi tío Pancho me la había contado. Ese mismo Pancho que usted conoce, el que es un poco jodón y siempre tiene algún comentario preparado. Él sí había visto aquella final. Y no solo me la contó él: también la escuché de muchas personas que aman el fútbol y que tenían una manera distinta de recordar cada detalle. Así Estambul se fue quedando conmigo, como una historia que uno hereda antes de entenderla.

Después llegó 2010. Para entonces yo ya seguía al Deportes Tolima. Aquella final contra Once Caldas no fue mi primer partido viendo al equipo; esa historia se la voy a contar en otro cuento. Pero sí fue una de las noches que me enseñó lo que podía doler una final.

Hernán Torres dirigía al Tolima y Juan Carlos Osorio al Once Caldas. El Tolima había ganado 2-1 en Ibagué. En aquel equipo estaban Anthony Silva, Diego Chará, Rodrigo Marangoni y Wilder Medina entre otros de igual es un equipazo. Del otro lado estaban jugadores como Dayro Moreno, Fernando Uribe, Jaime Castrillón y Alexis Henríquez. En Manizales en el estadio Palogrande, el Once Caldas ganó 3-1 y remontó la serie.

Años después, también tuve la fortuna de ver a mi querido equipo levantar un trofeo. Tenía nueve años cuando vi al Tolima campeón de la Copa Postobón 2014, precisamente ante Santa Fe. Ya había una estrella de liga en nuestro escudo, la que el equipo había conseguido en 2003 ante Deportivo Cali, pero esa no me tocó vivirla; me la contaron, así como el partido de Estambul y después la conocí en videos. Por eso, desde pequeño quería ver una estrella más, una que pudiera celebrar de verdad, con mi familia, frente al televisor o en el estadio  y sintiendo que ese momento también era mío. Cuando llegó la final de 2016 ante ese mismo Santa Fe, la ilusión era distinta. Yo quería que esa segunda estrella por fin llegara, pero la liga volvió a escaparse.

Pero el 9 de junio de 2018 llegó, quizás, esa oportunidad que yo llevaba tantos años esperando: vivir en carne propia una remontada de esas que uno después cuenta como si hubiera sido un mito. Y ahí, Manín, fue cuando esa final de Estambul dejó de ser solamente una historia que me habían contado.

Era la final de vuelta del Torneo Apertura de la Liga Águila. Atlético Nacional recibía al Deportes Tolima en el Estadio Atanasio Girardot de Medellín. Nacional había ganado la ida 1-0 en el estadio Manuel Murillo Toro y llegaba como el gigante de aquella historia. Desde 2004 había construido una historia de finales que parecía difícil de romper: había disputado nueve finales de liga y las había ganado todas. Además, llevaba 34 partidos invicto como local en liga y Fernando Monetti, su arquero, acumulaba 1.037 minutos sin recibir un gol en casa durante aquel torneo. Todo parecía estar puesto para que Nacional levantara la copa.

Yo llegué a la casa de mi abuela Elizabeth, a quien algunos llaman Chava y hasta usted, Manín, le dice Chava. La casa quedaba en el barrio Germán Huertas, de Ibagué. Era una casa sencilla, con un color en la fachada muy particular para ese día: un verde parecido al verde pino. Afuera estaba la verja y al lado, el muro de la casa de don Benjamín, el panadero del barrio. Una coincidencia curiosa, porque al Atlético Nacional también se le conoce como el equipo panadero. Parecía que hasta la casa se había puesto de acuerdo con el partido.

Mis tíos Germán, mejor conocido como “Mikima” y César sacaron el televisor más grande que había en la casa. Lo aseguraron con una tabla de una cama para que no se cayera y pudiera quedar fijo contra el muro. Lo pusieron afuera y, poco a poco, todos nos fuimos acomodando alrededor.

Continuando con el partido Nacional tenía a Fernando Monetti en el arco, a Alexis Henríquez en la defensa, a Jorman Campuzano en el medio y a hombres como Dayro Moreno y Vladimir Hernández arriba. El Tolima tenía a Álvaro Montero en el arco, Danovis Banguero atrás y a Angelo Rodríguez en ataque. La pelota comenzó a rodar y la sensación era parecida a aquella que yo había escuchado tantas veces en la historia de Estambul: un equipo parecía tener todo a su favor y el otro necesitaba algo que no parecía sencillo conseguir.

Los minutos fueron pasando hasta que llegó el segundo tiempo. Al minuto 47, Sebastián Villa recuperó el balón ante Alexis Henríquez, se acomodó y remató. Jorman Campuzano alcanzó a tocar la pelota, apenas lo suficiente para desviarla. El balón cambió de dirección y terminó dentro del arco defendido por Monetti. Gol del Tolima. La fortaleza verdolaga acababa de recibir una grieta.

Pero Nacional respondió pocos minutos después. Vladimir Hernández apareció en el área. El más pequeño, con apenas 1,60 metros, se elevó entre los defensas centrales Julián Quiñones y Fáiner Torijano y cabeceó la pelota. Al frente tenía a Álvaro Montero, un arquero de 2,01 metros que parecía hacer todavía más pequeño aquel espacio al que había que vencer. Pero la pelota terminó dentro. Segundo gol para Nacional en el global. El verde volvió a respirar y el Atanasio parecía recordar quién había sido el dueño de esa cancha durante tanto tiempo.

El reloj avanzaba y la historia parecía empezar a inclinarse otra vez hacia Nacional. Recuerdo a mi tío Pancho decir que se había acabado. Otro subcampeonato más. Otra final que parecía escaparse. Y aquella frase se parecía demasiado a lo que me habían contado de Estambul: esa sensación de que ya no había nada que hacer, de que el partido se estaba yendo y que el tiempo ya no estaba del lado de quien necesitaba remontar.

No, ya la verdad… para el Tolima eso estaba muy complicado. Un equipo que nunca había dado ese golpe en la mesa en el fútbol colombiano, enfrentándose a uno que llevaba 34 partidos sin perder en casa… yo no sé cómo iba a remontar eso. La verdad, me imagino a usted Nicolás en ese momento, súper frustrado —dijo Manín.

Yo miraba el televisor. El reloj también lo miraba. Un silencio había inundado la cuadra. Minuto 90+2. Montero subió a buscar una pelota. Villa centró. Montero cabeceó y Monetti atrapó. Nacional salió de contragolpe. Dayro Moreno y Aldo Ramírez quedaron frente al arco, pero el juez de línea levantó la bandera. Fuera de lugar. El Tolima se salvaba. Y por un instante pareció que el reloj le había regalado una respiración más. El partido ya estaba en ese momento en el que cada segunda pesaba más que el anterior.

El Tolima necesitaba una jugada, una pelota, un error, cualquier cosa que pudiera convertir la desesperación en esperanza. Otro tiro de esquina. Montero volvió a subir. El reloj seguía corriendo. 90+3. Yo miraba los minutos como quien mira una puerta que se está cerrando. Villa recibió, jugó corto con Robin Ramírez y la devolución llegó a sus pies. Villa levantó la cabeza y mandó el centro. Y allí, como en un acto de presencia, como si un dios, un ente o alguna fuerza hubiera decidido aparecer en el momento justo, apareció el señor Danovis Banguero. Cabeceó. La pelota, como en cámara lenta, entró. Rafael Robayo, cerca del arco, levantó los brazos y celebró como todo hincha del equipo pijao en ese instante. Una felicidad que nos inundaba, que nos hacía sentir representados, como esos vaqueros tolimenses que llevan en el pecho la fuerza de su tierra. Y si e el mítico Atanasio quedó entre las brumas y el marcador global quedó 2-2.

Mis tíos y toda mi familia estaban abrazados, Manín. Recuerdo esa imagen más que cualquier otra de aquella noche. Mi abuela Chava celebrando, mis tíos gritando, todos encima de todos. No era solamente un gol. Era como si después de tantos años de perder finales alguien hubiera abierto una ventana en una habitación que llevaba mucho tiempo cerrada. El partido termino y asi entonces llegaron los penaltis. Pancho, el mismo que me había contado aquella final de Estambul, estaba ahí. Esta vez no tenía que contármela. Estaba viendo otra historia conmigo.

Yo me quedé mirando junto a mi hermana Paula. Nos abrazamos y mirábamos con muchos nervios cada cobro. Para mí, allí Estambul regresó, pero no como un recuerdo puesto a la fuerza, sino como una imagen que llevaba años guardada y que ahora encontraba un espejo en otra noche. El primero de Nacional fue Dayro Moreno. Y pensé en Serginho, el primer cobrador del Milan en aquella tanda de Estambul. Serginho había caminado hacia el balón trece años antes y había fallado. Dayro caminó hacia el mismo punto, pero lo hizo con esa serenidad que siempre lo acompañaba, a su manera, sin apuro. Tomó impulso, hizo su pardita, cruzó el balón y Montero, aunque hizo un pequeño movimiento, no pudo hacer nada. Gol. Nacional empezaba la tanda arriba.

Después apareció Sebastián Villa por el Tolima. Y el paralelo me llevó hasta Dietmar Hamann, el primer cobrador del Liverpool. Uno con la camiseta vinotinto y oro; el otro, con la roja de Liverpool. Los dos llegaban después del primer disparo del rival, con la responsabilidad de mantener con vida a sus equipos. Villa tomó el balón y caminó hacia el punto penal. Los penaltis seguían. Nacional cobraba, Tolima respondía. En Estambul, los nombres iban pasando uno por uno; en Medellín, también. Y en medio de esa tensión aparecieron los dos arqueros: Jerzy Dudek para Liverpool y Álvaro David Montero para el Deportes Tolima. Y Montero, aunque estaba combatiendo contra un Goliat que parecía mucho más grande que él, también se hizo grande. Atajó dos penaltis: el primero a Reinaldo Lenis y el segundo a Vladimir Hernández, el mismo que minutos antes se había hecho grande al marcar de cabeza y empatar el partido para Nacional. Ahora, frente a Montero, aquel mismo jugador no pudo vencerlo. Dudek había sido héroe en Estambul y ahora Montero empezaba a escribir su propia historia en Medellín.

Y entonces llegó Marco Pérez, un jugador cuyo apodo era un poco curioso: “El Asesino del gol”. Se lo había ganado años atrás, después de un gol que se comió ante el Cali. Pero en ese momento de los penaltis, el cobrador que seguía en la lista era Carlos Robles. Él era el siguiente y hasta el narrador de la transmisión de Win Sports había mencionado que sería quien cobraría. Pero Marco tomó la responsabilidad. Se sentía seguro. No buscó esconderse detrás de otro nombre. Se adueñó del balón. Lo acomodó. Tomó impulso. Miró a Monetti. Respiró. Y caminó hacia la pelota.

En Estambul, Shevchenko había caminado hacia el punto penal con la copa todavía en juego. Ahora Marco Pérez hacía lo mismo en el Atanasio Girardot. El ucraniano frente al polaco. El colombiano frente al argentino. Una pelota entre los dos y una historia esperando el final. El comandante Marco remató cruzado. Monetti alcanzó a moverse, pero no llegó. Gol. Marco corrió, lloró y terminó en el suelo. Sus compañeros se fueron encima de él. En la casa de mi abuela volvió el grito que habíamos soltado con Banguero, pero esta vez era distinto. Ya no quedaba nada que remontar. El Tolima era campeón por segunda vez de la liga colombiana. Y en ese instante volvió a mi cabeza Steven Gerrard levantando al Liverpool cuando parecía muerto. Pero también vi a Marco levantando al Tolima cuando parecía muerto. Vi a Villa corriendo y poniendo centros cuando ya parecía que no quedaba tiempo, a Banguero apareciendo en el 90+3 para devolvernos la vida, a Montero haciéndose gigante bajo los tres palos y atajando los penaltis que mantenían al Tolima con vida, y a Robayo levantando los brazos mientras el Atanasio se venía abajo. Todos ellos parecían formar parte de una misma imagen. Dos camisetas distintas, dos épocas distintas, dos estadios separados por miles de kilómetros, pero una misma sensación: un equipo que se negaba a aceptar que la historia ya estaba escrita.

Entonces entendí por qué mi tío Pancho me había contado Estambul tantas veces. Porque los partidos así no terminan cuando termina el partido. Se quedan en quien los vio y pasan a quien los escucha. Yo era el niño que había nacido en 2005 y que no pudo ver aquella final de Champions. El que conoció Estambul por Pancho y por tantas personas que hablaban de ella. El que después siguió al Tolima y vio cómo se escapaba la final de 2010 contra Once Caldas. El que también vivió el golpe de 2016 ante Santa Fe. Y el que finalmente llegó a una noche en 2018 en la que el equipo que quería consiguió hacer aquello que tantas veces había parecido imposible.

Quizás para algunos no haya ninguna similitud entre la final de Champions de 2005 y la final del Tolima contra Nacional. Y si uno mira los escudos, las camisetas, los jugadores o los escenarios, seguramente tengan razón. Pero para mí sí hay similitudes: las dos empezaron con un equipo que parecía tener la copa en las manos; las dos tuvieron un marcador que parecía definitivo; las dos encontraron un equipo que se negó a morir; las dos llegaron al punto penal; y las dos tuvieron un arquero que terminó siendo parte de la última escena. Estambul fue la historia que mi tío Pancho me contó. Medellín fue la historia que yo pude vivir junto a mi familia. Y quizás eso sea lo más bonito: que una historia que yo no pude ver terminó enseñándome a reconocer otra cuando finalmente me tocó estar dentro de ella.

En Estambul, Goliat parecía tener el mundo en las manos y David se levantó después de recibir tres golpes. En Medellín, Nacional parecía ser el gigante de siempre y el Tolima llegó a derribarlo en su propia casa. Aquella noche el gigante cayó, y David, otra vez, se quedó con la historia.

Por Nicolás Humberto Mateus Berjan

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