Villa Cicla, un viaje a la tradición y a la historia

«Bienvenido a este pequeño lugar, que acoge a todos los ciclistas con el corazón abierto y con la esperanza de hacer parte de su proceso»

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  El restaurante abrió sus puertas al público el 14 de enero del 2001.

En el año 2001, Jhon Alejandro Botero Homez, un niño de tan solo 4 años de edad empezó una etapa que sin saberlo se convertiría en su sueño. En ese año, el hombre que más ha admirado en su vida, le regaló una cicla de color azul, con una frase que decía: «eres un campeón». En el momento en el que vio su bicicleta, Alejandro se lanzó hacia ella, la besó y la atesoro como el regalo más preciado que le dio la vida

Desde entonces, su tío Javier Botero se convirtió en su maestro, entrenador y sobretodo en su mayor inspiración. Todos los días montaban alrededor del barrio las Ferias, en sus parques y en el complejo deportivo de la 42, que hoy se encuentra abandonado. El anhelo de su tío se hizo realidad. Alejandro se convirtió en un excelente deportista y tuvo la oportunidad de competir en carreras tan importantes como el Gran Fondo Ciudad Musical.

En ese mismo año, María Rocío, una mujer emprendedora quien tenía 37 años de edad en ese momento, cansada de las humillaciones de sus clientes y de las pocas ganancias que le dejaba la venta de arepas y la desesperación generada por la grave enfermedad que padece su marido, en ese entonces de 67 años, además del sustento de sus tres hijas, empieza un negocio de caldos tradicionales de costilla y pajarilla.

Durante 7 años, María Rocío se había dedicado a la venta de arepas. De lunes a domingo se levantaba a las 3 de la mañana junto a sus hijas a moler y amasar el maíz para las arepas, y luego ofrecerlas en una pequeña mesa en la entrada de su casa. Este negocio garantizó durante años la educación de sus hijas que en ese entonces no era gratuita, sin embargo, los gastos de los ingredientes, el arriendo, el mercado y los servicios fueron aumentando. Su marido, toda la vida, se ha dedicado a cultivar la tierra y a la venta de aromáticas en la vereda Pastales, pero la artritis le impidió seguir con esta labor.

En el año 2004, Alejandro participó en diferentes carreras de ciclo montañismo, una de ellas fue muy especial. Después de años de entrenamiento y esfuerzo, logró participar en la Copa Departamental de Ciclo Montañismo en la categoría Pony, una competencia para niños de corta edad con una distancia adecuada para ellos. Al llegar, sus piernas temblaban y su voz se entrecortaba, eran muchos niños a su alrededor. Sin embargo, su familia creyó desde el primer momento en sus habilidades ciclísticas. Su madre, agarró su mano y le dijo: «Sé que lo lograras, hijo, te amo». Después de estas palabras y motivado por su madre, miró hacia adelante y pedaleó hasta la marca final, obteniendo un trofeo de segundo puesto, luego de 5 carreras.

Al año siguiente, María habló con el padre Freddy Martínez, un hombre bondadoso y carismático de aproximadamente 30 años de edad en ese entonces, para poder arrendar un pequeño negocio de aproximadamente metro y medio por tres. De madera y guaduas, tan sucio y abandonado que me hizo recordar el Hotel del Salto, en San Antonio de Tequendama. El padre presenciando las necesidades de la iglesia, y teniendo en cuenta la situación en la que se encuentra esta familia, acepta el trato y llegan a un acuerdo, una mensualidad de 80 mil pesos. Sin embargo, un grupo de personas manifestaron su desacuerdo y organizaron un sindicato con el fin de sacarlos del lugar. No obstante, María Rocío también se enfrentó a un momento de crisis económica, aquellos caldos, preparados con amor, se vendían a 2 mil 500 pesos, y generaban lo necesario para el arriendo y la compra de dos gallinas mal alimentadas, cada fin de semana. 

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  En el año 2009, debido a la crisis financiera se escogieron materiales económicos para expandir el negocio, entre ellos la guadua y la madera.

Ese mismo año, Alejandro participó nuevamente en la Copa Departamental de Ciclo Montañismo y esta vez fue el tercer finalista. Tiempo después, el campeonato cerró definitivamente sus puertas al público. Un hecho que dejó devastado al pequeño, pues en este torneo había empezado su carrera profesional. Sin embargo, lo motivó y se propuso trazarse metas en torneos tan importantes como: la Prueba Ciclística Barrio Santander, la Carrera Ciclística Cajamarca, la Valida Dh9 de Mtb, y la Vuelta Gogo.   

En el año 2006, Ana María Saavedra, la hija de María Rocío, con tan solo 18 años de edad, da a luz a su primera y única hija. El inhóspito restaurante se convirtió en la nueva casa de la recién nacida y lo que se suponía que debía ser una cuna llena de comodidad, resultó siendo un montón de cajones en los que guardaban los cubiertos. Los estrechos cajones, eran adornados con una pequeña manta que le había comprado el padre a la bebé, antes de su nacimiento.

«Los ciclistas, a través del tiempo se fueron convirtiendo en personas especiales y admirables para María Rocío y sus hijas. Desde el comienzo del restaurante fueron fieles a los caldos y después de rigurosos entrenamientos de 4 a 6 horas diarias, preferían su humilde negocio para saciar su hambre, recuperar las calorías que habían quemado y sumergirse en los vagos recuerdos ,que provenían de su infancia, y las memorias capturadas a lo largo del tiempo. Por este motivo, fueron testigos del crecimiento tanto de Laura Camila, como del pequeño lugar. «Los ciclistas se convirtieron en el sustento de la familia, en la razón por la que seguimos aquí de pie. Nosotras amamos y admiramos a los ciclistas, serán siempre bienvenidos» comentó Saavedra.

En el año 2009, Alejandro después de obtener el primer puesto en la reconocida competencia Valida Dh9 de Mtb, lleno de nervios y de euforia por lograr un mérito más, decide ir con sus compañeros a visitar por primera vez 'Villa Cicla'. Este lugar, se convertiría en su segundo hogar, y presenciaría su crecimiento tanto físico, como profesional. Con la inocencia que caracteriza a los niños y con cara de sorpresa entró al restaurante y pudo observar solo 3 mesas de madera, dos pequeñas ollas pitadoras y totumas. Alejandro se sintió cómodo desde el primer segundo y aunque sabía que era un lugar pequeño reconocía que la hospitalidad y la calidad humana eran capaz de atraer a cualquier visitante, además del favorable clima al estar situado en el Cañón del Combeima.

En el momento de su llegada, una mujer amable, de aproximadamente 1,60 de estatura, con mejillas ruborizadas y una llamativa verruga al lado derecho de su labio superior, se aproximó hacia él y comedidamente le dijo: «Bienvenido a este pequeño lugar, que acoge a todos los ciclistas con el corazón abierto y con la esperanza de hacer parte de su proceso». Esa mujer tan amorosa, amable y bondadosa era Ana María. Desde ese día, Ana María vio en Alejandro valores que deslumbraban cuando dialogaba con sus compañeros, la lealtad, el amor, la pasión, la solidaridad y la sinceridad, y tuvo la intuición que desde ese entonces Alejandro siempre visitaría el lugar y así fue.  

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  Ana María Saveedra entre semana trabaja como empleada de servicio y los fines de semana ayuda a su madre en el restaurante.

En el año 2013, Alejandro participó en la Carrera Ciclística Cajamarca organizada por el ICDER (Instituto Cajamarcuno para la Recreación y el Deporte) y la Alcaldía de Cajamarca, esta vez obtuvo el primer puesto en la categoría juvenil. Las lágrimas en el joven de 16 años eran inevitables en un momento como este, una mezcla de sentimientos encontrados entre la enorme felicidad de ganar y la nostalgia de los recuerdos con su tío, que había empezado su nueva vida en Estados Unidos. Sus padres y el resto de su familia compartieron la victoria con él y entre risas, abrazos y aplausos, le manifestaron su orgullo. Al finalizar la competencia, Alejandro sintió, como nunca antes, la ausencia de su maestro. Sin embargo, su madre tenía un haz bajo la manga, había transmitido toda la carrera por video llamada a su tío y luego de pocos minutos, el celular de Alejandro empezó a vibrar, al momento de recibir la llamada, Alejandro saltó de la emoción, pues ese hombre que él admiraba, le dijo: «¿Si ve mijo? Usted va a ser grande, mejor que Nairo Quintana o cualquiera de esos. Nunca deje de confiar en usted». Desde ese momento, a Alejandro le quedó clara la enseñanza, lo más importante era confiar en él y no permitir que ninguna adversidad lo derrotara.

En el año 2015, María Rocío extendió el espacio del restaurante a base de guaduas y le solicitó al padre, el arriendo de un pequeño lote de tierra, para que su esposo de 81 años pudiera cultivar. La Alcaldía de Ibagué y Seguridad e Higiene frecuentaban el lugar, y a través de charlas y capacitaciones, les explicaron que los implementos necesarios para una cocinera eran los guantes, el tapabocas, el gorro, el delantal y los zapatos cerrados. Ese mismo año, teniendo en cuenta los gastos de nuevos platos, cubiertos, manteles y algunas mesas, los caldos aumentaron a 4 mil 500 pesos y entraron nuevos sabores al menú, entre ellos: el caldo de pata, de ministro y de pescado.

En el año 2015, Alejandro participó en la carrera Raptors MTB 2015, la tensión era indescriptible, los entrenamientos se aumentaban a 10 horas diarias, las trayectorias eran cada vez más largas. El cansancio y la angustia fueron inevitables, pero Alejandro tenía la certeza de que ganaría y que no debía darse por vencido. El estrés le estaba jugando una mala pasada, pero no solo a él, sino también a María Rocío y sus hijas, los ciclistas fueron sumando «cantidades alarmantes» y los caldos se agotaban cada vez más rápido. Ahora, en un fin de semana no se preparaban solo 20 caldos, sino que debían ser más de 150 desayunos. Las mesas no daban abasto, debido a que eran solo 13 en total. Las personas eran atendidas de pie y las arepas que acompañaban el caldo eran escasas.

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  Medallas obtenidas por Alejandro, en competencias de ciclo montañismo y ciclismo de ruta, categoría juvenil.

Laura Camila, acelerada por el trajín de los desayunos, corría hacía el árbol situado afuera del restaurante a bajar las naranjas para preparar los jugos. En una canasta las juntaba hasta contar 50 o 60, que equivalían a una jarra de jugo. Después del conteo, entraba al restaurante y en un pequeño cuarto, ubicado cerca a los baños, y con sus adorables manos, empezaba a exprimir todo el líquido de la fruta hasta dejar únicamente la cascara. Según los ciclistas este jugo: «Sabe a gloria, es maravilloso. Se nota que las naranjas están frescas y jugositas». Finalmente, después de tanta angustia y desesperación, todo resultó como se esperaba, Alejandro quedó como primer finalista en la competencia, y María Rocío y sus hijas entendieron lo que significa trabajar bajo presión en una labor llena de amor y pasión. 

Después de este triunfo vinieron otros en la vida de Alejandro, y hasta el año 2018 obtuvo 24 medallas: 12 de oro, 8 de plata y 4 de bronce, además de 2 trofeos. Sin embargo, su victoria más preciada fue la de demostrarse a sí mismo que ninguna adversidad logró vencerlo y que los sueños se construyen a base de esfuerzo, pasión y sacrificio. Este mismo año, Alejandro con la plena satisfacción de ver lo que había logrado desde sus 4 años, decidió tomarse un tiempo fuera del deporte, y empezar su otro sueño, estudiar Ingeniería en Sistemas. Ahora su tiempo es limitado debido al estudio y al trabajo, y aunque no puede seguir entrenando con la misma disciplina que hace años, el amor por el ciclismo sigue intacto y el sueño de competir en una carrera tan importante como el Tour de Francia, invade su mente todos los días, y está seguro de que este momento llegará.

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  La medalla representa para Alejandro uno de sus últimos triunfos en el ciclismo.

En el año 2019, Alejandro, después de varios meses sin visitar el lugar, regresó. Ana María al verlo, sintió la felicidad que se siente al ver un ser querido, y con una radiante sonrisa se lo hizo saber. Luego de un instante, se acercó a darle un fuerte abrazo y a manifestarle lo mucho que lo extrañó. Ana María, sorprendida porque el tiempo pasa en un abrir y cerrar de ojos, finalmente aceptó que aquel niño inocente, que había conocido hace 10 años, se había convertido en un hombre. Con amor y ternura, Ana María le ofreció a Alejandro un tinto caliente y este aceptó. Con la mejor disposición, ambos, recordaron los mejores momentos vividos en este lugar y sus transformaciones a través de los años. Para Alejandro, este lugar se convirtió en algo simbólico, un testigo de su trayectoria en el ciclismo, y en el único restaurante que después de cada entrenamiento abrió sus puertas para recibirlo humildemente con un delicioso caldo, que le recordaría siempre la hospitalidad de su hogar y el amor por su familia. Para Ana María, Alejandro se convirtió en un hijo otorgado por la vida, como los 150 ciclistas que visitan cada fin de semana este lugar y se enamoran de sus sabores y valores.


Realizado por: Karen Cifuentes, estudiante del Programa de Comunicación Social y Periodismo de la Universidad de Ibagué.


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