El despertar a un nuevo rumbo

«Si en algo me jacto de haber aprendido de la vida, es saber que los planes, por más elaborados que parezcan, están sujetos a infinidad de cambios»

camellada cuatro adriana

A veces uno puede sentir que no cuenta con nadie. En varias ocasiones la vida suele darnos golpes tan fuertes que nos hacen sentir que no podríamos continuar con nuestro camino, o al menos, ese camino no continuaría de la forma en la que estábamos acostumbrados. Y este viaje podría tomarse como ejemplo de lo que digo, comienza con el desbarajuste de otro, en realidad de otros.

Para la época de Semana Santa, al igual que la gran mayoría de las personas de este país, yo tenía un viaje programado. El destino era la tan célebre ciudad de Cartagena de Indias y todo lo que conlleva esta, sus playas, sus lugares históricos, e incluso, lugares aledaños. El tiempo presupuestado para la visita comprendía casi la totalidad de una semana, seis días de esparcimiento y liberación de estrés. La compañía, sin dudarlo tan siquiera un segundo, ya le pertenecía a alguien, a una persona especial que me había acompañado a varias aventuras y mucho tiempo también. Pero si en algo me jacto de haber aprendido de la vida, es saber que los planes, por más elaborados que parezcan, están sujetos a infinidad de cambios. Este plan, el del viaje a Cartagena, cambió de todas las formas posibles. Cambió en su destino, en su duración y en su compañía.

La llegada de aquella semana de receso me cayó como anillo al dedo. Necesitaba descansar de muchas cosas, de mis labores académicas, de espacios que empezaron a ser insoportables, de darle vueltas y vueltas a las mismas cosas. Sin un destino fijo al cual viajar, mi principal anhelo era salir de una rutina en la que había quedado atrapada sin querer, pero sin proponérmelo me vi inmersa en otra, una que no me daba alivio y me empujaba a preferir la soledad.

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La triste realidad era que yo no atravesaba un momento sencillo. Con seguridad todos nosotros atravesaremos en algún momento de nuestras vidas situaciones que nos harán sentir maniatados y no nos dejarán ver con claridad una salida a nuestras penumbras, probablemente sentiremos que el mundo se nos viene encima, pero con mucha seguridad habrá personas que nos quieran echar una mano en la tarea de sentirnos mejor. Yo fui afortunada en ese sentido, ya que el apoyo de mis mejores amigas no se hizo esperar. Tata, Adriana y Daniela, cual mosqueteras salieron al rescate de una damisela en apuros, me acogieron con palabras de aliento y en medio de tantas cosas que se dijeron, salió una idea que me sonó muy bien, así como un clavo saca otro clavo, un viaje solucionaría otro. Ese viaje que no pudo ser se convirtió en la posibilidad de explorar otro destino, el lugar escogido: la ciudad de Medellín , la Capital de la Montaña.

El jueves 18 de abril, las cuatro amigas partimos hacia allí, lo hicimos de madrugada, sobre las 4, pero no nos aventuramos solas, nuestro escudero fue Julio, un buen amigo que se dispuso a trasportarnos a nuestro rumbo en su automóvil, el viaje duró más o menos siete horas. En medio de las conversaciones que se dieron durante el trayecto, nos imaginamos una Medellín con un sol radiante, pero nos encontramos con un clima muy similar al que habíamos dejado en Ibagué, en el que la lluvia era su principal protagonista. Un corto paso por la ciudad bastó para admirar la belleza que esta posee, pero antes de asentarnos en nuestro lugar de hospedaje, partimos rumbo a Guatapé. Aquel bonito pueblo del oriente antioqueño, se encuentra a unos 79 kilómetros de Medellín y tiene una extensión de 76 kilómetros cuadrados.

Nos dirigimos hacia allí con la intención de visitar una de las grandes atracciones turísticas que tiene esta zona del país, la Piedra del Peñol. Antes de iniciar el ascenso a la cima de la piedra tuve una gran sorpresa, una de esas que lo hacen a uno aterrizar de golpe a la realidad. Me encontré por casualidad con un pequeño grupo proveniente de Ibagué y a Gustavo, un gran amigo y el hermano del que hasta hace unos pocos días fuera mi novio. Verlo a él me revolvió de recuerdos la cabeza pero a la vez me hizo sonreír al ver esas eventualidades de la vida, como si nosotros fuéramos apenas unas pequeñas fichas agitadas por alguna fuerza superior y que tal vez movido por lo aburrido que puede ser la tranquilidad, nos vuelve presa de pesadas bromas solamente para reírse de nosotros a la cara.

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Subir la piedra no fue nada fácil, las piernas me pesaban y el aire me empezó a faltar. Me hizo pensar en mi estado físico y de lo lejos que estaba de sentirme en óptimas condiciones con mi estado mental. Una vez en la cima, pude vislumbrar la inmensidad de aquel hermoso paisaje, tarde unos minutos en reincorporarme, pero una vez lo hice, gracias a la ayuda de una «michelada de mango», me di cuenta de el esfuerzo que requirió el lograr mi objetivo. Cada paso dado era acompañado de recuerdos, unos buenos, otros no tanto. Tal vez hubiera sido más fácil si no hubiera visto a Gustavo, pero esa situación me hizo darme cuenta que dentro de mi existe el valor de poder mirar de frente al pasado y no me permitir que me haga daño. Superar aquella piedra fue como una especie de señal para poder superar cualquier obstáculo. Debo admitir que el recorrido me dejó exhausta, no creo querer hacerlo de nuevo.

Una vez más el clima fue protagonista de aquella visita y la lluvia apareció. Nos resguardamos un tiempo de esta hasta que se convirtió en una leve llovizna. Decidimos salir a recorrer las calles del pueblo, la arquitectura era bastante llamativa y los colores con que estaba adornado le hacían el lugar ideal para tomar las fotos de rigor. A la hora del almuerzo no fue difícil decidirse por un plato típico de la región y uno de los más famosos de nuestro país, la Bandeja Paisa, el plato más representativo y la insignia de la gastronomía antioqueña. Estar en este pueblo fue una grata experiencia, aunque pienso que lo hubiera disfrutado más sin la presencia de tantas personas, turistas, igual que nosotros.

Para hospedarnos nos habíamos decidido por el alquiler de un apartamento en el sector de El Poblado para el fin de semana. Habíamos hecho la reserva por internet y no teníamos claridad de a dónde llegar. Buscamos la dirección usando la aplicación WAZE pero esta nos desvió el camino, nos dirigió hasta un barrio popular de casas bastante humildes, La Milagrosa. Estar allí nos hizo sentir algo inseguros. Siento que es normal debido al desconocimiento que teníamos sobre el sector, pero pensándolo mejor, siento que hemos normalizado de mala manera el hecho de trazar barreras sociales, líneas divisorias entre los que tienen mucho y los que no tienen tanto.

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Después de superar el impacto que nos produjo estar en este lugar, y de pensar por unos momentos que sin saberlo habíamos alquilado nuestro hospedaje en este sector, decidimos hallar nuestra ubicación a la vieja usanza, preguntando. Las personas respondieron muy amables a nuestro llamado y con su ayuda logramos llegar a nuestro destino de descanso. Mi perspectiva en cuanto a aquel barrio popular cambió de forma significativa, me sentí algo mal por dejarme llevar de algunos prejuicios. (El Poblado es la Comuna 14 de la capital de Antioquia, la más grande. Es el sector más caro y exclusivo de la ciudad y también el menos poblado en relación de habitantes por metro cuadrado).

Cuando al fin nos ubicamos, nos resguardamos en el apartamento de alquiler. Era un sitio pequeño, más bien era un apartaesdudio, pero fue suficiente para nosotros. Esa misma noche nos dispusimos a salir, lo hicimos en compañía de amigos ibaguereños, los mismos que vimos antes en Guatapé. El Parque Lleras fue nuestro destino, una vez allí nos dispusimos a ir a una discoteca que nos recomendaron, Perro Negro, goza de muy buena reputación en Medellín. Mientras hacíamos la fila para ingresar al lugar, nos encontramos a unos amigos de Bogotá. Para ese momento era fácil ver personas de muchos lados, no solo de dentro del país, también muchos extranjeros.

No pudimos entrar a Perro Negro esa noche y decidimos salir a rumbear a otro lado. La pasamos muy bien, yo la pasé bien. Sentí como algunos de los problemas que me traían el mundo de cabeza, por lo menos durante un tiempo, se esfumaban de mi cabeza. Los primeros en partir a descansar fueron los amigos de Ibagué, lo hicieron relativamente temprano, aduciendo que tenían mucho cansancio, nosotros continuamos la fiesta con los bogotanos. No lo hicimos por mucho tiempo más, ya el espíritu no daba tanto y el sueño empezó a hacer de las suyas. Nos fuimos a dormir pensando en la visita que haríamos al día siguiente a la Comuna 13.

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Nos levantamos muy tarde el viernes, casi rayando el mediodía. La lluvia era muy constante y no quisimos salir de nuestro refugio. Sentimos que ese no era el día para conocer la tan anhelada Comuna 13 y desechamos el plan por el momento. Fue un día tranquilo y la tarde la utilizamos para salir a un centro comercial, El Tesoro. El sábado nos levantamos muy temprano para cumplir con el objetivo de llegar a tan nombrado lugar. La Comuna 13 ha dado mucho de qué hablar debido a lo violento que fue su pasado, pero también ha sido conocido por un espíritu de superación que parece tener impregnado en el proceder de sus habitantes. La Comuna 13 rechazó los distintos conflictos de los que era víctima y los cambio por alternativas de paz. Esa mañana no salimos en carro, estábamos en Medellín y decidimos trasportarnos en metro, toda una novedad dentro del contexto colombiano.

Un rápido recorrido nos dejó en la estación San Javier, ahí vino mi primera sorpresa con este lugar. La Comuna 13 tenía nombre propio, San Javier. Sí, sé que suena un tanto raro el que me sorprenda por ello, pero no tenía ni idea de este nombre y la verdad nunca me había detenido a pensar en ello. Al descender del metro nos dirigimos a una lugar específico en donde se posaban unos guías que brindan recorridos por San Javier, nos acercamos a uno de rostro muy amable y al escuchar las palabras saliendo de sus labios, noté un acento distinto, era un joven venezolano que había encontrado en Medellín y más exactamente en San Javier, la posibilidad de sostenerse económicamente y contribuir a los gastos de su familia. Dentro del recorrido en el que observamos varios grafitis, hubo uno en particular que me causó gran conmoción, era uno muy colorido con un mensaje alusivo a la migración venezolana en Colombia. Nuestro guía mostraba con orgullo aquel grafiti.

El “Graffitour”, como se le denomina a este recorrido, se da por un llamado que realiza la fundación Mi Sangre del artista Juanes a los distintos colectivos juveniles dedicados a embellecer el concreto con sus obras artísticas. En el 2010 y a raíz de la visita al país del Subsecretario de Estados Unidos, James Steinberg, quien se encontraba en Colombia para evaluar los resultados de la cooperación entre los dos países en temas de seguridad, lucha antidrogas y grupos guerrilleros, que a través del Plan Colombia había otorgado recursos por más de 6 mil millones de dólares a la nación en los diez años anteriores a la visita. Al subsecretario estadounidense le acompañaron el entonces Embajador de Estados Unidos en Colombia Michael McKinley y el Alcalde de Medellín de la época, Alonso Salazar, escritor y periodista que ya había reflejado parte de la violencia sufrida en la Comuna 13 en su libro «No nacimos pa’ semilla».

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Al llamado acudieron los artistas y líderes sociales Jeihhco y Perrograff, pertenecientes a Casa Kolacho, y diseñaron un recorrido teniendo como principal motivo los diferentes grafitis pintados con anterioridad por jóvenes del sector y que revelan ese pasado tumultuoso de violencia que vivió San Javier por más de cinco décadas. El proyecto cobro fuerza y no fue cosa de un solo día, el recorrido aún perdura en el tiempo, impulsado por la implementación de las escaleras eléctricas de la Comuna 13, por las cuales suben en promedio 17.000 visitantes al mes. A lo largo de este recorrido, y al llegar a la parte más alta en el sector Las Independencias, pueden observarse grafitis plasmados sobre el cemento para darle color a un lugar que ha sido víctima de la estigmatización a causa de la violencia. («Casa Kolacho», es un colectivo creado en honor a la memoria de Héctor Pacheco «Kolacho» quien lideró gran parte de este movimiento cultural grafitero y fue asesinado en el 2009).

De acuerdo con las cifras presentadas por el Anuario Estadístico de Medellín, en un estudio de 2005, San Javier contaba con una población de 134,472 habitantes, de los cuales 58,983 son hombres y 75,489 son mujeres. Hoy en día no existen cifras exactas de la población en la Comuna 13, según sus habitantes, día tras día llegan varias personas a ocupar las empinadas calles que esta posee.

Siguiendo con el recorrido, la energía de la gente del lugar se hacía sentir. Nos topamos durante nuestro trasegar con un grupo de jóvenes bailarines con una coreografía bastante peculiar, algo medio robótico que era acompañado de una mezcla de música urbana con sonidos electrónicos y otros que parecían orientales, la verdad me resulta complicado describirlo. Durante nuestro trayecto vimos gran variedad de muestras culturales, música, danza, pintura. Otra particularidad que observé en este lugar fue la presencia de muchos turistas extranjeros, en ocasiones había que hacer una larga fila para poder posar frente a los murales que se encontraban en el camino. Sin duda alguna, la Comuna 13 se convierte en un lugar obligado para visitar si se quiere observar una cara poco explorada de Medellín.

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Terminando el recorrido nos encontramos con otro grupo de danza, este era muy llamativo, ya que estaba conformado por niños de raza afro que se movían al compás de tambores y lo hacían de forma muy fuerte. Fue tanto el involucramiento que tuve hacia esta muestra, que sin darme cuenta termine bailando con uno de estos chicos que me invitó a la improvisada pista callejera.

La Comuna 13 se ha tornado en un punto de encuentro de grafiteros, raperos, danzantes, cantantes, fotógrafos, DJ’s, y demás. Jóvenes con muchas ganas de salir adelante y reivindicar a su comuna como una zona de artistas, de gente buena y luchadora. La mayoría de estos vinculados a colectivos que se desprenden de dos más grandes, «Casa Kolacho» y «Casa Morada» o solamente «Morada».

Ya se terminaba nuestro recorrido, o al menos eso pensamos, pero alguien nos mencionó el hecho de que haber estado en la Comuna 13 y no haber probado el helado de mango biche de allí era como no haber ido, así que sin pensarlo dos veces nos animamos a probarlo. Parecería que no pude ser distinto a un helado de mango de cualquier otro lugar, pero sí lo era. En San Javier es una especialidad.

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Nos devolvimos al apartamento cuando sentimos que era hora de almorzar. Comimos y descansamos toda la tarde en aquel sitio. En la noche nos dispusimos a salir, pero fue una salida de chicas. Julio quien debía conducir hasta Ibagué al día siguiente, pensó que lo mejor era quedarse a descansar y así lo hizo. Esa noche pudimos entrar a Perro Negro, el sitio estéticamente no era cosa de otro mundo pero el ambiente que allí se vivía le hacía honor a su fama. Aquí se podía apreciar personas de diferentes nacionalidades y hasta fuimos cortejadas por unos hombres dominicanos. Entablamos varias conversaciones esa noche y rumbeamos hasta las 4 de la mañana siempre acompañadas de un «Antiqueño» que endulza el paladar y calienta la garganta.

Llegó el Domingo de Resurrección y con él el final de nuestro viaje. Antes de partir visitamos el Pueblito Paisa, un lugar tranquilo. Sinceramente no sentí algo especial por este sitio, no me pude conectar con él, pero no podía irme de Medellín sin estar allí. La despedida se dio con una Bandeja Paisa de «Mondongos» y pudimos comprobar con nuestro paladar la fama que le antecede a este restaurante… sencillamente la comida era exquisita. Terminado el almuerzo nos devolvimos a la Musical de América. Salimos a las dos de la tarde y arribamos a las 8 de la noche.

Estando de nuevo en mi ciudad sentía mucha emoción al recordar lo vivido en aquel viaje. Ver nuevos lugares, hablar con gente, sentir otro ambiente, puede resultar un grande alivio de lo pesada que se hace la vida a veces. Viví algo distinto y lo disfruté. No puedo asegurar que ya no pienso en aquellas cosas que me impulsaron a querer escapar de la rutina. Aún lo hago y con mucha frecuencia, pero no puedo decir que aquellos recuerdos me causen el mismo daño de épocas anteriores. Me siento fuerte, sé que tengo buenos amigos, unas amigas muy especiales y unas ganas inmensas de seguir adelante con mis planes.

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Me resulta muy gracioso ver como de las cenizas nace una nueva oportunidad, la Comuna 13 San Javier, ubicada en las colinas al occidente de Medellín, aunque fue víctima de una gran ola violenta, salió adelante y avante en pro de la convivencia pacífica. La violencia no es nada nuevo, la zona fue la primera con asentamientos urbanos de guerrillas, más delante de paramilitares, y conoció entre la pobreza el dinero fácil de la cocaína con el narcotraficante Pablo Escobar, sin embargo está logrando revertir ese estigma. Haciendo un símil con este mágico lugar y mi caso personal, yo no veía en un principio la posibilidad de que los cambios significativos fueran reales, pero ya lo he podido comprobar.

Así como el ave fénix, este viaje resurgió de entre las llamas que consumieron otro, nunca sabré como hubiera sido la experiencia de ese que no fue, pero tango la certeza de que este, el que sí se dio, me sirvió para cambiar mi perspectiva del mundo, unirme mucho más a mis amigas, pero por sobre todas las cosas, este fue un viaje sanador que me ayudó a reencontrarme conmigo misma.

 


Realizado por: Adriana Mejía, estudiante del programa de Comunicación Social y Periodismo de la Universidad de Ibagué.

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