Entre risas y llantos

"Se empieza a sentir la cruz más pesada, porque la situación en esta ciudad cada día es más dura. Ya no vale la pena salir a payasear, nos cambiaron por el internet, ya no se puede parar uno ni en un andén porque es prohibido"

Una sonrisa para cada dificultad. Luis Enrique Suarez es un hombre de 57 años, lo conocí en el Polideportivo Bocaneme ubicado en la carrera primera B con calle 71 del barrio Jordán 3 etapa. Es vendedor de raspados y limonadas. Es inevitable no sentir la alegría que tiene mientras está en su trabajo. Con el sonido que hace cuando está raspando el hielo les da una sensación de frescura y alegría a las personas que atiende. Fue trabajador de granja, payaso, locutor, entre otros y así ha logrado salir adelante.

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Cuando Luis Enrique tenía 6 meses, su padre falleció debido a que padecía de cáncer en los huesos, pues le habían amputado una pierna, y los médicos necesitaban amputarle la otra, pero él no dejo, así que se puso a beber, hasta que la enfermedad se lo llevó. Desde entonces su madre se ha hecho cargo de él. Ella decidió que Luis Enrique ingresara al Instituto Agrícola Mariano Melendro Varón, el cual queda ubicado en chapetón, y pertenece al comité de cafeteros del Tolima. Debido a que él había cometido errores en su vida escolar y quería castigarlo. En cierto modo quería que desde pequeño empezara a corregir sus faltas.

¿Qué circunstancias llevaron a su madre a internarlo en este Instituto?

-Me había tirado dos quintos de primaria, uno en el colegio José María Córdoba y el otro en una escuela de La Pola, en consecuencia, mi madre decidió que yo ingresara a este Instituto ya que era un semi-internado. Entraba a las 6 de la mañana y salía a las 5 de la tarde, allá mismo almorzaba y laboraba. En este Instituto no era importante rendir académicamente sino rendir en la labor agropecuaria. Cuando se llegaba la hora del almuerzo todos nos desesperábamos para llegar de primeras, pues así podíamos coger buen arroz, carne, sopa, es decir, salíamos con el morro de comida, y cuando la situación estaba muy difícil debajo del arroz metía un pedazo de carne y lo vendía a los demás, para poder ayudarle a mi madre con las obligaciones.

¿Qué oportunidades laborales le ofrecía el Instituto?

-Muchas. Si usted quería ser celador lo dejaban y le pagaban. Los fines de semana cuando salía la cosecha si usted era vivo le compraba habichuela, zanahoria, cilantro, entre otros, al profesor y la vendía en la plaza de la 14. En este lugar nos enseñaban en primero de bachillerato a sembrar el café, en segundo, cunicultura, en tercero, aprender hacer los surcos para el café a sembrarlos en lo largo, en lo llano, en las laderas. En cuarto, se entraba a ganadería, a ordeñar vacas, a vacunar el ganado entre otras cosas. A la final me acostumbré y me gustó.

¿Cuándo empezó su vida como payaso?

-Cuando estaba en quinto de primaria vocacional en el instituto, todos los grados estaban preparando algo para el día de la madre, así que se me ocurrió con mi mejor amigo Héctor pintarnos la cara y salir a decir el culebrero, una fono mímica que utilizaban los payasos. Nos presentamos y nos fue muy bien. A partir de ese momento me gustó ser payaso. Seguí aprendiendo ahí mismo en el instituto, todos los días colocaba una radiola con el LP y me aprendía la canción y los movimientos.

Cuando tenía 12 años mi familia se fue para Medellín y quede con mi papá abuelo, quien me pagaba la mensualidad del Instituto y se encargaba de todas mis cosas. Tenía un hermano que vivía en Rio Blanco, Eliecer, así que decidí irme para allá. Afortunadamente había un circo y me presente y me admitieron. Así que todos los días me maquillaban y con retazos de tela me hicieron un traje de payaso, me fue bien. Cuando se acabó la temporada en este pueblo me fui para la vereda El Limón con ellos a seguir trabajando, me hice amigo del mago y él me termino de enseñar muchas fono mímicas como La Gaita Loca, El 21 Pasajero, Me Importa Poco, A esa, Olvídame y Pega la Vuelta, entre otras. Nos aburrimos de trabajar en el circo con el mago, así que nos fuimos a trabajar a las escuelas de diferentes pueblos, me convertí en un buen amigo de él. En las tardes cuando el salía a trabajar yo le hacia el favor de cuidarle a los hijos mientras ellos llegaban. Los hijos llegaron a decirme tío. El mago les adivinaba la vida a las personas, y les sacaba la plata sin meterles la mano al bolsillo. No estaba de acuerdo con lo que hacía así que empecé a dudar si seguir con él o no.

¿Por qué decidió terminar con su labor de payaso?

-Tras aburrirme de trabajar con el mago, mi padre abuelo quien me ayudó tanto en el instituto, se enfermó gravemente y por eso me vine para Ibagué; conseguí a mi esposa Siana Silva, la cual empezó ayudarme en todo. A ella la conocí cerca de la panadería Flamingos de la Octava, pues ella trabajaba ahí, y yo en el asadero Don Pollo de la esquina. Un día pasó y le dije “uy mamacita, que piernas, que pechugas, que rabadilla, la de su asadero Don pollo” y lo que me respondió fue “ay tan bobo”. Ese mismo día ella me mando una razón con una amiga, que tenía una fiesta y que necesitaba un animador que si le podía colaborar y ahí empezó la relación.

¿Cómo le fue con su labor como locutor?

-Después de que falleció mi padre, mi madre me dijo que me pusiera a hacer algo más. Afortunadamente ella había empezado una relación con un hombre que trabajaba con rencauchadoras, así que él me llevó a un campeonato, y me encontré con Jorge Elicer Campusano un periodista reconocido en mi época. Aproveché esta oportunidad y me ofrecí para ayudar hacer los comerciales en la Federación Juvenil Obrera de Antioquia, un programa político. Tenía tan solo 16 años, así que tuve que defenderme solo, al comienzo temblaba, pero después estaba lleno el auditorio. Después de un tiempo como no tenía estudios previos me retiré. Así que decidí empezar a vender raspados.

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¿Cómo le fue con la venta de raspados?

-Empecé a trabajar con mi esposa vendiendo raspados en el Parque Deportivo, pero desafortunadamente sufrí un accidente, un balón me golpeó la cabeza lo cual provocó que me quedara sin vista en un ojo. Así que ella se quedó trabajando allí y yo tuve como consecuencia trasladarme a otro sitio, el Bocaneme, esto con el fin de generar más ganancias y poder sobrevivir. Un lugar en el que hasta el momento me he sentido a gusto, me la llevo bien con todos los deportistas y entrenadores. Todas las tardes disfruto compartir con ellos, además de venderles raspados y limonadas me cuentan sus vidas.

¿No ha pensado volver a revivir alguna de las labores?

No, ya se empieza a sentir la cruz más pesada, porque la situación en esta ciudad cada día es más dura. Ya no vale la pena salir a payasear nos cambiaron por el internet, ya no se puede parar uno ni en un andén porque es prohibido. Además, en cuanto a la locución nunca estudie, es una habilidad que tengo, así que es muy difícil conseguir trabajo y más en esta ciudad, que no mejora económicamente. No estoy diciendo que estoy viejo, simplemente que las cosas no son como antes.

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Ibagué, la ciudad musical de Colombia, les ha traído muchas consecuencias a sus habitantes con la falta de escenarios deportivos y la falta de empleo. Luis Enrique es una de las personas perjudicadas que, a pesar de todo, siempre tiene una sonrisa para cada dificultad.

 

 

 


 Por: Angi Rubiano. Estudiante de Comunicación Social y Periodismo. Universidad de Ibagué.  

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