Che: La doble vida de Robinson Quintero

 Realizado por: Juan Montoya Prada.


 

No es precisamente la historia de Diarios de Motocicleta ni mucho menos la gesta de una gran revolución. Todos los días, en la Catedral de la ciudad de Ibagué, se instala Robinson desde muy temprano, a las ocho de la mañana. Come uno que otro pan antes de empezar su jornada laboral y, después de saciar la hambruna latente del momento, junto con su bolillo y un trapo rojo, comienza a cuidar carros durante todo el día. Usualmente, le regalan el almuerzo, producto de la confianza que se ha ganado con las personas del sector. Es muy conocido por los trabajadores aledaños al sitio. Después de merendar, siempre está en constante trabajo. Lo llaman para hacer uno que otro favor. Otras veces, carga algunas mercancías.

Las declaraciones de algunas personas que han compartido con él precisamente en el sector, se caracterizan por ser muy variadas a la hora de la verdad. Una vendedora ambulante que se sitúa justo al frente de la Universidad Cooperativa de Colombia, describe a Robinson como: “Una de las personas más extrañas que se ha visto. Nunca se le ve peleando y por el contrario, siempre está feliz haciendo lo que hace. Hace muchos años que está aquí y pues, después de que lo ve uno la primera vez, sabe que ese señor es uno de esos que marcan diferencia”. De igual manera, Robinson tiende a relacionarse mucho con los trabajadores del sector, según él: “Son personas excesivamente buenas que se han ganado mi confianza. Me ayudan, me hacen charla. Acá me quieren mucho la verdad”.

Después de almorzar, sigue esperando en frente de la Catedral. El trabajo como vigía de carros, lo ha desempeñado durante los últimos diecisiete años a la misma hora y en el mismo canal. Siempre está a la expectativa de que en algún momento del día, lleguen al sitio carros en cantidad para poder ganar algo de dinero. Entre las mejores cosas que pueden suceder en ese oficio, el resalta las misas fúnebres que se llevan a cabo allí en la Catedral. Entre tantos carros que le toca organizar, encuentra una buena mesada para ir a comprar la cena de la noche. También exalta los matrimonios como una fuente de ingresos muy fuerte. De todas formas, sea como sea el día, se va contento porque entiende que no vale la pena molestarse por nada en este mundo.

 

Un vendedor de bizcochos del sector, afirma conocer desde hace muchísimos años a Robinson. “-El día en que lo vi por primera vez, me dio risa porque uno no entendía porque se vestía así. -¿Y cómo se vestía en ese momento? –Pues igual que ahorita. Llevaba esa boina roja siempre, todos los días. Además, tenía varios pantalones camuflados con una que otra camisa del Che Guevara. Para ese entonces también tenía el pelo largo tal como ahora y esa barba chistosa que aún conserva” comenta su compañero. El día en que se tomó la declaración de su compañero, recalco la conversación que sostenían en el momento en que llegué a dialogar con Robinson. Casi como algo muy tradicional, debatían temas tan intrascendentes como el de ese momento ¿Quién carajos era el dueño de la panadería Matheus? Uno decía que el doctor Pérez y el otro que don Salomón. Según su compañero vendedor de bizcochos, ha sido así desde que se conocen. Robinson ganó el debate.

Robinson Quintero Gonzales, nació en el año de 1956 en Santiago de Cali, Valle del Cauca. A sus 61 años de edad, dice que después de tantas cosas que ha vivido, prefiere no quedarse con nada. Acto seguido, extrae una Constitución Política de Colombia de 1886 que guardaba entre sus bolsas. En esta edición del año 1986, tiene la característica de decir “Para todos...” ya que contiene ilustraciones y viñetas caricaturescas que explican la constitución de arriba a abajo. “Este librito tan bonito, me lo regalaron hace unos días y me gustó mucho. Me llamó la atención que decía ser para todos y, después de leerlo, debería de ser así ¿No?” Menciona Robinson. Después de un rato hablando del libro, decide regalármelo con el compromiso de que lo lea y lo regale nuevamente.

Cuando tenía dos años, Robinson fue trasladado a la ciudad de Ibagué y fue dejado en custodia de su madre María Antonia Gonzales junto a su abuela Gertrudes Villalba. Desde ese entonces, creció su infancia como cualquier niño común y corriente que debía estudiar, jugar con sus amigos y escuchar las lecciones de su abuela. Entre muchos de sus recuerdos, exalta la compañía de su abuelita ya que era quien tenía la labor de decirle qué estaba bien y qué estaba mal. “En el colegio mientras cursaba muy sardino, los profesores le decían a mi mamá que era un muchacho extremadamente pilo. Pasaba al tablero y le explicaba lo que fuera a quien sea” añade Robinson con algo de nostalgia.

Los años transcurrieron y mientras crecía, fue aprendiendo diversas actividades que, entre tantas, destaca la zapatería. Cuando estaba alrededor de los nueve años, Hernando Abril, un zapatero reconocido en el barrio del cual vivía, lo llama para trabajar con él. “Es que cuando yo iba a hacer algo, sólo me bastaba con mirar. Yo miraba y de una vez aprendía” agrega Robinson. En medio del arreglo de zapatos, él era el encargado de contornar y pegar las plantillas que iban adheridas a los mismos. Transcurrieron algunos años desempeñando este oficio mientras a la par, acudía a estudiar, compromiso que tenía con la abuela Gertrudes. Sin embargo, a pesar de lo confortable que era su día a día, la verdadera sugestión llegaría precisamente en palabras de don Abril.

A la edad de doce años, un día como cualquiera, Hernando Abril le pregunta al infante Robinson por su padre. Este, extrañado de toda figura paterna, le dice que no lo conoce porque nunca había tenido un contacto con él ni tampoco lo había pensado. En medio de tanta confusión, Robinson acude a su casa con la interrogante en la cabeza. Le pregunta a su madre María Antonia y esta, entre palabras enredadas, le explica que su padre está lejos en un circo. Robinson sabía que era una mentira, sin embargo, decide no ahondar tanto en el tema. Al transcurrir algunos días, María Antonia le obsequia una fotografía en donde se encuentra su padre, de estatura mediana con un traje muy formal en lo que parecía ser un salón junto a un hombre con una boina, frondosa barba, vestiduras militares y el pelo largo.

“Yo guardé esa foto y la puse al pie del espejo en donde me peinaba y la miraba todos los días. Me agradaba la presentación de ese tipo que estaba al lado de mi papá” menciona Robinson al referirse a la fotografía. Al transcurrir de tres años, un día como cualquiera en medio de la adolescencia, llega a su casa una señora de mediana edad la cual se presenta como Doris. María Antonia, la hace pasar y se sientan a dialogar con ella por unas horas hasta que llama a Robinson el cual acude. Doris, la hasta entonces misteriosa señora, empieza a preguntarle por su estudio y demás actividades. Él, extrañado, responde todo con confianza. Todo iba bien hasta que deciden explicarle a Robinson la situación.

Doris, la señora que vino a su hogar, resultó siendo su verdadera madre biológica. Robinson había estado con María Antonia quien, hasta ese momento, se dio a entender que era su tía. Doris Gonzales, le dijo a su hijo que su padre era puertorriqueño y que la verdad, no sabía su paradero. Para confirmar la verdad de todo, Robinson trae la fotografía y se la muestra a su madre biológica. Ella asiente y dice que ese su padre biológico. Juan Quintero, un hombre misterioso que en realidad vivió en Cali por un tiempo pero que en últimas, Doris no tenía ni idea de su paradero. “Cuando me enteré, yo quedé helado y la verdad es que decidí vivir en la rebeldía después de eso. Todo perdió sentido y empecé a dejarme ir” menciona Robinson con algo de tensión.

No pasaron muchos meses cuando en medio del drama emocional que vivía, la muerte se inmiscuye dentro de su vida y toma por sorpresa a la abuela Gertrudes que, para infortunio de él, murió en su cuidado una tarde después de una serie de escalofríos extraños. “Me dio más duro de lo que no pensaba. Yo me acuerdo que le tapaba los pies con periódico y se fue yendo. Cuando llegó mi mamá, le conté” añade Robinson mientras recuerda la dolorosa situación. Él aún conserva la costumbre de decirle mamá a su tía María Antonia quien, después de ocultarle las cosas, sabe que es quien inculcó los valores junto a su abuela y de alguna manera, no cambiaría por más que biológicamente no fuera su madre. Doris, para él, sólo era una señora que desde un inicio aclaró, con el perdón de Dios, no quererla nunca.

A partir de ahí, cuando la abuela Gertrudes fallece, empieza a tornarse más rebelde ya que no sentía que nada valiese la pena. Gertrudes, quien era su polo a tierra, ya no estaba y a la edad de dieciséis años, decide partir a la calle dejando todo atrás. Los años siguientes fueron oscuros según narra, ya que empezó a robar para sobrevivir y estuvo expuesto a los pormenores que la ciudad trae. Iba en pandilla y hacía todo tipo de oficios. Poco a poco fue levantando un estatus entre los hoy ya finados compañeros. Entre muchas de sus andanzas, recuerda sus trabajos con su mano derecha, Tizón. Se conocieron de jóvenes y hurtaron por muchos años. Trabajaban en equipo y las ganancias se repartían.

Un día, a los veinticinco años, salieron Tizón y Robinson, como ladrones, una tarde del año 81. Robaron entre los dos una cadena de oro la cual desembocó en una redada policial que terminó con la muerte de Tizón y una golpiza tremenda a Robinson. Entre papeleo y papeleo, nadie vino a verlo y quedó bajo la custodia de las autoridades dos largos años. Durante ese tiempo, estuvo en el punto más bajo de su vida en donde realmente pensó en idearse nuevamente asimismo. Volver a comenzar desde cero era un reto que Robinson debía empezar a superar y nuevamente poder estar cómoda y dignamente con su vida. Recordó sus problemas y todo el punto y aparte que hubo a nivel familiar.

“Salí a los veintisiete años y recuerdo que fui a mi casa, en esos tiempos en el barrio Baltazar. Recogí algunas cosas y entre esas encontré la foto de nuevo y pensé que podía ser como el “man” de boina. Me puse a llamarlo para que se metiera en mí y de la noche a la mañana, me parecí a el” añadió Robinson. Comienza a conseguir la indumentaria de la fotografía a la par que sale a conseguir un trabajo honrado. Trabaja de lleno vendiendo verduras y camisas en diferentes sitios de la ciudad. Cuando reúne una gran cantidad de dinero, sale a viajar por el país. Cada día se parecía más al misterioso sujeto de la fotografía. Mientras viajaba, notó algo extraño ya que podía percatarse de que había gente que lo estaba contemplando.

 

En medio de su largo viaje, alguien llegó a mencionarle su excesivo parecido con el Che. Robinson, algo extrañado, decidió mostrarle la fotografía al transeúnte que lo abordó. “El tipo me dijo <<si, si  vea ese es el che guevara>> y yo no tenía ni idea quien era ese” añade Robinson. Mientras más crecía la incertidumbre, Robinson decide consultar por sus propios medios quién era el Che Guevara del que tanto se especulaba. La sorpresa fue tanta que decide viajar a Cali y, efectivamente, se encuentra con que Ernesto “Che” Guevara, es una figura pública y símbolo de la Revolución Cubana y el comunismo. Encantado con la historia del Che, finalmente, lo adopta como un estilo de vida.

En Cali, conoció a quien sería la madre de sus hijos con la cual sostendría una relación duradera. Sin embargo, la desgracia nuevamente atacó a su vida en donde sus dos hijos, perderían la vida de forma distinta pero igual de trágica. El primero era David, de 32 años quien en el 2005, perdió la vida en un accidente en un río, estuvo en coma, debido a unos traumas de consideración, no resistió los procedimientos médicos. Era padre de familia y era el mayor de los dos Quintero Montoya. El segundo hijo, Robinson, como su padre, murió hace 7 años en la ciudad de Cali en medio de un hurto a la edad de 19 años. No pudo asistir a ninguno de los tradicionales velorios debido a que la madre de sus hijos, no le comentó a Robinson los trágicos sucesos en ninguna de las dos oportunidades.

A mediados de los años noventa, es cuando Robinson decide regresar nuevamente a Ibagué y organizar su vida. Regresa y cinco años después, se instala en donde hoy se encuentra. Hoy día se le conoce en el sector como el Che. Sus días siguen pasando y vive tranquilo y a gusto con lo que hace. En sus ratos libres, va y regala galletas o quesos a quienes más los necesita. Sigue llegando a su casa ansioso por las noche para que, con el rebusque del día, se pueda hacer una de esas “pericadas” con cebolla y tomate que tanto le gustan. Vive en un humilde “rancho” o “choza” (tal como él lo califica) en donde tiene sus vida medianamente organizada.

“Si hubiera tenido una figura materna y paterna, muy seguramente sería alguien totalmente distinto” comenta el Che frente a su historia. Y es probable que lo hubiera sido. Añade que en últimas, se considera indigente y no le duele ser pobre, por el contrario, le agrada serlo porque no hay nada que le dé más orgullo que ayudar a los demás. Hoy en día, Robinson Quintero Gonzales, mejor conocido en el centro de la ciudad de Ibagué como “El Che”, vive con su actual pareja hace doce años a gusto con la calidad de vida que lleva.

Y quizás desde un principio sí hizo honor a su mención. El no querer quedarse con nada en esta vida se nota a leguas con cosas tan sencillas como regalar una constitución o dejar a tras tantos desmanes de la vida. Forjó su identidad y quedará allí como vigía de carros, haciendo lo que le gusta. “Por una canción que canté una vez en radio me dieron un mercado. La canción dice <Mi vida a nadie le importa, ni el camino que llevo. A nadie le pido, yo a nadie le debo, y aunque no me creas, con todos me llevo. Yo vago en el mundo, yo soy vagabundo> Yo siempre, un vago de vagos. Pero eso sí, alegre” añadió sonriente el Che mientras comía un pan de aquellos que merienda en sus onces.


 

Realizado por: Estudiantes  Programa Comunicación Social y Periodismo. Universidad de Ibagué. 

 

 

 

 

 

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